Por Marta Santafé - Consultora especialista en agua y medio ambiente en Fundación The Social Water

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El mundo se enfrenta a una verdad incómoda e inaplazable: el agua, el bien más esencial para la vida, está sumido en una crisis global. Este desafío va mucho más allá de la sequía o de los episodios de lluvias torrenciales; se trata del colapso definitivo de un modelo de gestión que ha quedado obsoleto. Por ello, la solución ya no es meramente técnica, sino que requiere una transformación estructural profunda: una transición hídrica global que cambie radicalmente la forma en que este recurso es valorado, usado y distribuido.

Durante décadas, la aproximación dominante a la gestión del agua se ha centrado en la ingeniería y la oferta, buscando siempre el modo de obtener más agua para satisfacer una demanda que se asumía como ilimitada. Al enfocarse principalmente en las grandes soluciones tecnológicas —como presas y trasvases—, se ignoraron otras dos dimensiones cruciales para la sostenibilidad: la salud ecológica de los ecosistemas y la justicia social.

El resultado de este enfoque sesgado ha conducido a una triple amenaza de alcance planetario. Por un lado, la acción del cambio climático está alterando de forma impredecible los ciclos naturales del agua. Por otro, la sobreexplotación está vaciando acuíferos milenarios. Y, quizá lo más grave, vivimos una profunda crisis de equidad y justicia que golpea a los más vulnerables.

En este contexto emerge la transición hídrica, el plan maestro para enfrentar la crisis del agua, reemplazando la explotación ilimitada por una economía circular y un nuevo contrato social basado en la sostenibilidad. Este enfoque holístico se asienta sobre tres pilares interdependientes que deben abordarse simultáneamente. 

«Requiere decisiones políticas valientes para reducir las demandas históricamente insostenibles y alinear nuestros usos con el volumen de agua disponible».

El primer pilar, la dimensión ecológica, que exige un reconocimiento ineludible: los ríos, acuíferos y humedales son ecosistemas vitales, no simples depósitos. Proteger y restaurar su salud, asegurando el necesario caudal ecológico, es la única garantía real de un suministro sostenible para la humanidad. 

El segundo pilar aborda la dimensión productiva, confrontando la insostenibilidad del consumo actual, impulsado por prácticas como el regadío intensivo. Aquí, la máxima es clara: ya no se trata de obtener más agua, sino de hacer mucho más con la que ya tenemos, impulsando una eficiencia radical y la reutilización tratada de aguas residuales para cerrar el ciclo de uso. 

Finalmente, la crisis del agua es, ante todo, una crisis de justicia, lo que nos lleva a la dimensión social y de gobernanza. Este tercer pilar esencial demanda una nueva gobernanza democrática y transparente que garantice el derecho humano al agua y al saneamiento para todos. Se trata de poner fin a la desigualdad en el acceso y al acaparamiento, asegurando que toda la toma de decisiones se base en la equidad y la sostenibilidad, involucrando a todos los usuarios en la gestión de sus cuencas.

El tiempo apremia. Si la humanidad continúa gestionando el agua en «silos»—separando la ecología de la economía y la técnica de la justicia y los aspectos sociales—, este recurso se convertirá en la fuente de un conflicto social irreversible. La transición hídrica no es un horizonte lejano, sino una urgencia vital que debe comenzar hoy mismo. Requiere decisiones políticas valientes para reducir las demandas históricamente insostenibles y alinear nuestros usos con el volumen de agua disponible. El viejo modelo ha colapsado. Solo a través de este enfoque justo y holístico será posible asegurar que el agua siga siendo un recurso de vida para las futuras generaciones.







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