Modelo educativo rumbo al Bicentenario

Por: Óscar Quezada Macchiavello
Rector de la Universidad de Lima

Estamos próximos a cumplir 200 años como república, pero todavía tenemos que trabajar mucho para la creación de una conciencia de ciudadanía y de identidad nacional. La universidad debe asumir esta responsabilidad como consecuencia del principio básico que contempla que solo tendremos buenos profesionales si primero formamos buenos ciudadanos, personas que busquen el bien común, que propongan acciones de desarrollo económico con responsabilidad social.

La universidad debe formar personas, no meros individuos. Una persona es un punto vital en una red de relaciones. En la construcción de identidad, uno no es solamente sí mismo. Es sí mismo a condición de formar parte de lo otro. Por eso es que la vida está tejida con lo que nos ocurre y con lo que hacemos. En una comunidad universitaria creemos en la solidez de los lazos que nos congregan en una actividad común, en la fuerza vinculante que hace de todos un cuerpo solidario; en suma, que nos permite reconocernos, respetarnos e interactuar como miembros integrantes de una organización en la que tenemos comunidad de intereses, de objetivos y de acción. Una comunidad universitaria es, pues, una pequeña réplica de una nación.

Inculcamos valores que nuestros graduados luego seguirán practicando y compartiendo en la sociedad. Esa es la responsabilidad de la educación universitaria: no solo dictar cátedra, sino además consolidar valores como la ética y la solidaridad, ya que no hay empresas sanas en sociedades enfermas o en un medio ambiente polucionado.

En la Universidad de Lima insuflamos en nuestros estudiantes ese espíritu republicano que los forma como ciudadanos soberanos. Nos preocupamos por formar personas de bien, ciudadanos plenos que cuiden el bien común. Solo por añadidura podremos apostar que serán buenos profesionales en una sociedad en permanente transformación. Incentivamos la creatividad y la innovación, pues una generación que crea está en contacto con los problemas radicales de su vida, mientras que la generación que recibe simplemente se conforma y no se cuestiona.

El proceso educativo debe eliminar la tendencia a estigmatizar y penalizar el riesgo creativo y el error, a incentivar la pasividad, el conformismo y la repetición. La creatividad es cuestión de método; uno aprende a ser creativo como aprende a leer. Todos somos superdotados en algo, y la principal función de la educación debe ser descubrir ese algo en cada persona. Educar es enseñar a pensar y a sentir, porque la inteligencia se despliega y crece cuando uno actúa, poniendo en armonía lo intelectual y lo emocional.

Para pensar de verdad y para actuar pronta y eficazmente necesitamos ser creativos, críticos y cuidadosos. Creativos para identificar potencialidades de la realidad, proponer innovaciones y alternativas consistentes y coherentes. Críticos porque la buena crítica es siempre autocrítica y nos ubica. Finalmente, debemos ser cuidadosos o cuidadores: atender siempre a los valores que están en juego, priorizar, poner por encima el bien común, no perder de vista el impacto que nuestras ideas y acciones pueden causar en los demás.

Óscar Quezada Macchiavello – Rector de la Universidad de Lima

Desde la academia no nos cansaremos de reiterar nuestra profunda convicción de que únicamente podremos contrarrestar el círculo vicioso de la corrupción extendiendo la educación cívica de calidad a la mayor cantidad posible de personas; convirtiendo las instituciones educativas en verdaderas escuelas de ciudadanía, inspiradas en un auténtico espíritu republicano, en las que se enseñe y se aprenda a pensar correctamente para vivir rectamente, en las cuales se enseñe y aprenda a ejercer el derecho de participar democráticamente en el poder soberano y acatar el deber de obedecer las leyes hechas para cuidar el bien común, en las que se difunda y consolide una forma de vida que reconozca que la diferencia es un hecho, pero que la igualdad es un derecho.

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