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Una revolución tecnológica centrada en las personas para crear más y mejores empleos, por Roberto Villamil

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Roberto Villamil

Especialista en Actividades para los Empleadores de la Oficina de la OIT para los Países Andinos


Roberto Villamil Especialista en Actividades para los Empleadores de la Oficina de la OIT para los Países Andinos

Los cambios tecnológicos, al igual que las revoluciones productivas, no se dan de un día para otro. Son el resultado de un trabajo impulsado por procesos continuos de innovación científica y tecnológica, que tienen como objetivo alcanzar mayores niveles de productividad en actividades corrientes, o desarrollar nuevos productos o servicios para satisfacer una nueva demanda.

Circulan actualmente en internet miles de artículos y trabajos de investigación que se enfocan en determinar cuáles son los puestos de trabajo que van a desaparecer a consecuencia de la nueva economía digital, representada por los avances en robótica, inteligencia artificial y automatización.

Es posible hacer pronósticos al respecto, pero no deben darse como hechos inmutables que van a suceder en el futuro cercano y sobre los que no se puede hacer nada. Porque si bien van a desaparecer puestos de trabajo, como ha sucedido a lo largo de la historia, también hay que considerar que, cuando se producen estos cambios, se crean actividades nuevas que dan ocupación a muchos trabajadores y generan oportunidades para el emprendimiento. Por lo tanto, el énfasis debe estar puesto en revisar y analizar las fuerzas que han impulsado la generación de empleo en momentos de cambios.

En este sentido, la acción conjunta de las fuerzas del mercado y la correcta implementación de políticas públicas contribuyen a la generación de empleo. La automatización de las actividades que conforman los procesos productivos suele tener como consecuencia el ahorro de mano de obra, ya que aumenta la productividad del capital. Pero si se aplican políticas que promueven la inversión en formación técnica, adaptada a los avances tecnológicos, y se incentiva la inversión en sectores de actividad con mayor valor agregado, el mercado reacciona creando puestos de trabajo con niveles de productividad más altos que compensan la pérdida de puestos de trabajo sufrida originalmente.

 Estos nuevos empleos más productivos, a la vez que generan mejores ingresos para los trabajadores, también son generadores de bienes y servicios más accesibles y de mejor calidad, lo cual aumenta la demanda y con ello los niveles generales de producción. Como resultado primario, es posible esperar que los mercados se expandan, las empresas diversifiquen su actividad y, eventualmente, vuelvan a crearse más empleos.​

Esto, sin embargo, no sucede en todos los países y en todos los momentos. Y sucede solo si el país tiene unas capacidades sociales particulares, una mezcla específica de conocimiento formal y técnico, y marcos institucionales.

La educación tiene que adaptarse a las nuevas competencias que demanda la economía digital, no pensando estrictamente en potenciar aquellas que se definen como de tipo cognitivo, como la creatividad, el pensamiento crítico, el procesamiento de información compleja o la resolución de problemas. Las competencias en ciencias básicas, tecnología, ingeniería y matemáticas son cada vez más importantes para el presente y el futuro del trabajo.

La sociedad tiene que incidir para que la educación maximice los beneficios de los sistemas de formación profesional modernos, para que los actuales y futuros participantes del mundo del trabajo aprovechen las oportunidades que se abren para su desarrollo integral. Como se menciona en el informe de la OIT “Trabajar para un futuro más prometedor”, el futuro del trabajo tiene que estar centrado en las personas. En concreto, es necesario formular e implementar políticas efectivas para capacitar al capital humano y así mitigar el impacto que los cambios puedan tener sobre el nivel de empleo, la desigualdad y la inclusión social.