Desafío de la formación universitaria

Desafío de la formación universitaria

Óscar Quezada
– Rector de la Universidad de Lima

Nos vemos interpelados por un mundo que nos rodea. Nuestra experiencia de lo actual está profundamente afectada. Como advierte Sodré, el “efecto SIG” (simultaneidad, instantaneidad y globalidad) se impregna en una temporalidad cotidiana notablemente acelerada. En medio de procesos de informatización, de numerización, de globalización inmediata de la legibilidad, de teletrabajo, amén de otros, somos conducidos a repensar la esfera de lo posible. En este nuevo escenario mundial está viva la tensión entre las tendencias a la diversificación y las que promueven la homogenización. Atendiendo a la presión global y a la realidad local, la universidad está llamada a pensar seriamente qué capacidades y competencias debe impulsar y qué campos profesionales desarrollar.

El conocimiento es continuo, intangible, no tiene cuándo terminar, por eso va de la mano del emprendimiento y de la innovación. Es un recurso cada vez más valorado y hay que renovarlo permanentemente. Hay que aprender a lo largo de toda la vida. Y la hegemónica economía de servicios en la que vivimos requiere de profesionales técnica y académicamente calificados, con valores epistémicos, éticos y estéticos muy sólidos. En la Universidad de Lima formamos profesionales que unen e integran, que crean comunidades productivas, sanas y amables, siguiendo una doble consigna: que no hay empresas sanas en sociedades enfermas o en un medio ambiente polucionado; y que, sin un auténtico espíritu republicano, el estudiante es cliente, no ciudadano.

Oscar Quezada Macchiavello – Rector de la Universidad de Lima

Nacimos como una institución de marcada personalidad empresarial y afirmamos esa vocación día a día. El lema Scientia et Praxis, grabado en el escudo de la Universidad de Lima, orienta nuestra actividad educativa: la producción de conocimiento es inseparable de los cursos de acción concreta que definen profesiones útiles y necesarias para el desarrollo sostenible. La praxis retroalimenta a la scientia y esta perfecciona a aquella. Si bien valoramos el saber por el saber, también reconocemos que en una universidad moderna el saber se orienta al poder transformador. Premunido de conocimiento, el poder permite hacer, esto es, da libertad, abre nuevos horizontes de existencia. Dicho en otros términos, la libertad, en tanto poder hacer, despliega la posibilidad en cuanto poder ser.

La tarea de renovar nuestras posibilidades en libertad, con persistencia y perseverancia, está regulada por el compromiso con la calidad y con la innovación. Sabemos que el punto de partida es formar personas conscientes de sus derechos, pero también de sus responsabilidades y deberes. En suma, ciudadanos que se conviertan en profesionales valiosos para su comunidad. La calidad se logra en la interacción productiva de esas personas en función de la concepción y de la realización de planes, proyectos y programas.

En este proceso, si educar es el arte de convertir la información en conocimiento, innovar consiste en crear valor a partir de ese conocimiento. Asimismo, las competencias profesionales no se refieren únicamente a la calidad del trabajo y de sus productos en cuanto resultados. Si en la base de la formación profesional se encuentra una sólida formación axiológica, entonces estamos hablando de personas confiables y solidarias; esto es, de sujetos éticos que insuflan calidad en el trabajo conjunto de toda organización.

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