Jercy Gutiérrez, presidente de Cultura para el Avance Sustentable (CAVS) y director creativo de It Project, no habla desde la teoría. Su discurso se sostiene en más de una década de trabajo en plataformas de moda ética y en una experiencia directa en el sector de lujo internacional.
Desde su taller y su práctica diaria, cuestiona la ligereza con la que se emplean ciertos términos y propone una revisión profunda de cómo se produce, se comunica y se consume moda en el Perú.
Para él, el debate sobre sostenibilidad en la industria de la moda exige una mirada crítica. “Es mucho más importante ser éticos y responsables que tildarnos de sostenibles”, afirma. Desde su rol como presidente de CAVS, sostiene que la sostenibilidad se ha convertido en una palabra utilizada con ligereza, muchas veces como estrategia comercial.
Con una década al frente de It Project y de iniciativas como el Lima Ethical Fashion Show —inspirado en la primera plataforma ética de París impulsada por Isabelle Quéhé—, Gutiérrez asegura que la ética no es una tendencia en su trabajo, sino una práctica constante. “Somos éticos porque sabemos lo que damos, lo que vendemos, cómo lo hacemos y cuál es el origen de lo que ofrecemos. Es coherencia entre lo que dices y lo que haces”, subraya.
La responsabilidad – añade- atraviesa toda la cadena de valor, desde el equipo humano hasta la comercialización y la comunicación. Sin embargo, reconoce que en industrias con cadenas tan extensas como la textil, conocer el origen absoluto de cada insumo es complejo. “Por eso hablamos de ética y responsabilidad, no de sostenibilidad como etiqueta”.
Identidad, más allá de la indumentaria
Nacido en Vilcabocán, Ayacucho, Jercy Gutiérrez reivindica una identidad que trasciende la estética superficial. “La identidad no va solo por la indumentaria; es saber quién eres y de dónde vienes”, afirma. Hijo de un padre que sabía tejer y de una madre que hilaba con pusca, creció en un entorno donde el trabajo manual era parte de la vida cotidiana. Habla quechua como lengua materna y asume ese origen con orgullo, no como recurso comercial, sino como parte constitutiva de su historia personal.
Sin embargo, rechaza la idea de que la identidad deba expresarse únicamente a través de códigos visuales tradicionalmente asociados a lo andino. En más de una ocasión —cuenta— se le ha cuestionado que su marca no “parezca peruana” por no recurrir a bordados evidentes, pedrería o referencias folclóricas directas. Para él, esa lectura es reduccionista. “Una persona que convive con distintas culturas ya no es de un solo lugar; es de muchos lugares”, sostiene, reivindicando una visión contemporánea y global de la identidad.
Además, advierte que incluso los símbolos que hoy se consideran autóctonos tienen historias híbridas. Las polleras, por ejemplo, comúnmente asociadas a los Andes, tienen origen europeo. “Si vamos al origen del origen, nos perdemos en el camino”, reflexiona. Desde esa perspectiva, el respeto por la identidad cultural no pasa por repetir formas del pasado, sino por comprenderlas, contextualizarlas y asumirlas con responsabilidad.

No competir, sino comunicar
Tras haber trabajado en el sector lujo para firmas como Dior y Prada, Gutiérrez tiene claro que competir con el fast fashion o con grandes conglomerados no es el camino. “No hay que competir con ellos. Son públicos distintos”, explica.
Desde su marca Evolèt, apuesta por una línea comercial ética, diferenciando lo ético de lo étnico, dos conceptos que —advierte— suelen confundirse. Para él, el valor agregado no está en la confrontación con las grandes marcas, sino en la transparencia: comunicar cómo, dónde y por qué se hacen las prendas.
Uno de los pilares de su modelo es la producción en taller propio. “No sé qué es tercerizar”, señala. Cada prenda es confeccionada por una sola persona, con salario justo según su trabajo. Para Gutiérrez, el precio responde al equilibrio entre todas las áreas involucradas, no al beneficio de una sola parte.
Trabaja con procesos manuales y artesanos especializados —desde sastrería hasta marroquinería—, pero aclara que no todo trabajo manual es necesariamente artesanía. La precisión en los términos es, para él, parte de la ética.
En su caso, la producción mensual es mínima —alrededor de dos kilogramos de merma— y los residuos se reutilizan. Además, apuesta por la durabilidad: costuras francesas e inglesas en lugar de procesos industriales como el remallado. “El verdadero lujo está en cómo está hecho y en las cantidades que existen en el mundo”, enfatiza.

Educación y valoración de lo peruano
Para Gutiérrez, uno de los mayores retos de la industria peruana es la educación del consumidor. Considera que falta información clara sobre procesos y calidad, pero también mayor confianza en el producto nacional.
Recuerda que, durante años, muchos clientes asumían que su marca era extranjera. Cuando descubrían que era peruana, dudaban. “Tenemos que creer que en el Perú podemos hacer productos de alta gama como en cualquier otro país”, afirma.
El desafío, dice, es doble: que los diseñadores encuentren el equilibrio entre tendencia y propuesta comercial, y que los compradores valoren críticamente lo que el país produce, sin compararlo con modelos de fabricación masiva.
A los jóvenes interesados en la moda, Gutiérrez les deja un mensaje claro: perseverancia y enfoque en la calidad. “Más que moda, hay que hacer indumentaria de alta calidad. Las tendencias pasan; la calidad no”.
En su visión, la ética y la responsabilidad no se declaran: se demuestran en cada proceso, en cada decisión y en cada prenda que resiste el paso del tiempo.









