Una valla antipredadores en Kangaroo Island permitió que especies al borde de la extinción se recuperaran tras los incendios de 2019 y 2020, demostrando que la eliminación de depredadores invasores puede reactivar el equilibrio ecológico en ecosistemas críticos.

La experiencia del Western River Refuge en Australia confirma que la restauración ecológica puede acelerarse cuando se reducen las presiones humanas, ofreciendo un modelo replicable para la conservación de especies en peligro.
La experiencia del Western River Refuge en Australia confirma que la restauración ecológica puede acelerarse cuando se reducen las presiones humanas, ofreciendo un modelo replicable para la conservación de especies en peligro.

Por Stakeholders

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En Kangaroo Island, frente a la costa de Australia Meridional, una valla antipredadores instalada en el Western River Refuge se convirtió en una de las experiencias de conservación más exitosas del hemisferio sur. Un hecho que inició como intervención técnica terminó demostrando que una infraestructura bien planificada puede marcar la diferencia.

Los incendios forestales de 2019 y 2020 arrasaron más del 90 % del hábitat de varias especies vulnerables. El paisaje quedó reducido a parches de vegetación aislados, con animales sin refugio y expuestos a una presión de depredación extrema por parte de gatos asilvestrados, considerados uno de los principales responsables de la desaparición de pequeños mamíferos y aves en Australia.

Kangaroo Island: una recuperación que sorprendió a los científicos

En apenas cinco años, las poblaciones del dunnart de Kangaroo Island, un pequeño marsupial nocturno, se duplicaron. El crecimiento no respondió a un aumento de alimento ni a cambios climáticos favorables, sino a un factor elemental. Los depredadores introducidos ya no podían cazarlos de forma sistemática.

El recinto protegido abarca 380 hectáreas de matorral, bosque y suelo arenoso. Para especies de pequeño tamaño, este espacio representa un ecosistema complejo donde los procesos naturales vuelven a operar con normalidad. Insectos, semillas, aves y mamíferos interactúan sin la presión constante de una amenaza artificial.

El dunnart, aunque poco conocido fuera de los círculos científicos, cumple un papel central en el control de insectos y la dispersión de semillas. Su recuperación, con un crecimiento poblacional estimado entre 90 y 100 por ciento, confirma que el sistema ecológico comenzó a reorganizarse.

La misma tendencia se observa en aves como el western whipbird y el Bassian thrush, que habían desaparecido tras los incendios y hoy vuelven a registrarse dentro del área protegida. El patrón se repite. Cuando se elimina al depredador invasor, la naturaleza responde con rapidez.

La coincidencia entre la construcción del cercado y la catástrofe climática resultó decisiva. Los animales que sobrevivieron a los incendios se concentraron en pequeños parches de vegetación no quemada, lo que los convirtió en presas fáciles para los gatos asilvestrados. La valla funcionó como un cortafuegos biológico. Permitió que los pocos sobrevivientes se reprodujeran sin esa presión constante.

Fuera del recinto, muchas poblaciones continuaron disminuyendo. La experiencia dejó una conclusión clara. En un mundo marcado por incendios extremos y especies invasoras, la restauración pasiva ya no resulta suficiente. En determinados escenarios, la intervención física se vuelve necesaria para evitar pérdidas irreversibles.

Dimensión cultural y lección para la conservación moderna

Para la comunidad Ngarrindjeri, custodios tradicionales de estas tierras, la recuperación de la fauna representa también un acto de reconexión cultural. Las especies que regresan no son solo indicadores biológicos. Forman parte de una red de historias, prácticas y vínculos con el territorio que se vio interrumpida por la colonización y la degradación ambiental.

La colaboración entre conservacionistas y pueblos indígenas abre un camino distinto. La gestión del paisaje se concibe como un sistema vivo que integra quemas culturales, manejo de vegetación y lectura del territorio a largo plazo. Este enfoque ya se replica en proyectos de restauración en Canadá, Estados Unidos y el norte de Europa.

La experiencia de Kangaroo Island demuestra que es posible recuperar especies incluso después de desastres climáticos severos, siempre que se reduzcan las presiones humanas más destructivas. Al eliminar a los gatos asilvestrados en un área concreta, el ecosistema se reorganizó por sí mismo, sin fertilizantes, sin reintroducciones masivas ni grandes obras de ingeniería.

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