Freedom Cove no es solo una aldea flotante, sino uno de los experimentos de vida autosuficiente más singulares de Canadá. Creada por los artistas Catherine King y Wayne Adams, esta isla construida con materiales reciclados y energía alternativa desafió durante más de tres décadas las formas tradicionales de habitar el territorio, en pleno contacto con la naturaleza de la costa del Pacífico.
Ubicada en Cypress Bay, cerca de Tofino, Freedom Cove funcionó como hogar, taller artístico y sistema sostenible en equilibrio con su entorno. Su historia combina creatividad, autosuficiencia y resiliencia ambiental, y hoy se ha convertido en un referente global sobre cómo es posible vivir al margen de las grandes infraestructuras sin romper el vínculo con el ecosistema.
¿Cómo inició la idea de Freedom Cove, la aldea autosuficiente en Canadá?
Freedom Cove nació de una conversación y terminó convirtiéndose en uno de los experimentos de vida autosuficiente más singulares de Canadá. Catherine King y Wayne Adams se conocieron en 1987 y, desde ese primer encuentro, compartieron un mismo anhelo: vivir en contacto directo con la naturaleza, en convivencia con ella y bajo un modelo sostenible.
En lugar de echar raíces en tierra firme, optaron por flotar. Así comenzó la construcción de una isla en Cypress Bay, cerca de Tofino, que durante 31 años funcionó como hogar, taller artístico y laboratorio de autosuficiencia.
“Me inspiraron los pájaros. Ellos crecen y construyen nidos sin pedir permiso”, explicaba Adams en 2019 a Exploring Alternatives. La pareja tardó casi una década en reunir los materiales necesarios, muchos de ellos reciclados.
Algunos llegaron de forma inesperada, cuando una tormenta arrastró hasta la orilla planchas de madera de un bosque cercano. “Lo interpretamos como una señal de que el universo estaba a favor de lo que íbamos a hacer”, recordaba King a Business Insider.
En 1992, King y Adams se mudaron definitivamente a Freedom Cove, una isla flotante sostenida por poliestireno expandido y anclada a tierra firme mediante un entramado de cuerdas que evitaba su desintegración frente a fuertes vientos. El primer paso fue la casa principal, a la que pronto se sumaron una pista de baile y un jardín para cultivar hortalizas. Con el tiempo, nuevas plataformas ampliaron la superficie productiva y permitieron avanzar hacia la autosuficiencia alimentaria.
Para proteger los cultivos del frío y del viento, instalaron cuatro invernaderos que hicieron posible la producción de tomates y pimientos, incluso en condiciones adversas. Más adelante se añadieron una galería de arte, una pequeña playa, una zona de fogata y dos casas flotantes para los barcos que conectaban la isla con la costa. Al inicio, los viajes a tierra se realizaban cada par de semanas para recoger el correo. Luego, solo cuando a Adams le apetecían patatas fritas y dulces.
¿Cómo es vivir en la isla de Freedom Cove?
El crecimiento de Freedom Cove continuó con estructuras orientadas a reforzar su independencia, como un faro con baño incorporado y una pequeña fábrica de velas.
Las rutinas diarias incluían jardinería, limpieza de la playa, corte de leña, recolección de algas para compost y trabajo en el huerto. Después, cada uno seguía su propio camino. King, bailarina formada y sanadora energética, dedicaba las mañanas al yoga y al baile. Adams, artista y escultor profesional, se concentraba en las reparaciones y el mantenimiento, según relató a National Geographic en 2020.
La pareja generaba ingresos mediante la venta de sus piezas artísticas a turistas que se acercaban a conocer su peculiar hogar flotante. Ese intercambio reforzaba el carácter comunitario y creativo del proyecto, que funcionaba también como espacio cultural en plena naturaleza.
La sostenibilidad fue un eje central de la vida en Freedom Cove. “Compostamos las cosas que son orgánicas, quemamos lo que se puede quemar y así llevamos lo menos posible al reciclaje del pueblo”, explicaba King.
La electricidad no llega a la isla, por lo que el complejo depende de energía solar y generadores de gasolina. La alimentación se complementaba con pesca y trueque de obras por carne, además de plantaciones de habas, guisantes, maíz y quinoa.
“Nuestro lugar siempre está en transformación, por lo que mi mente siempre está abierta a la próxima transformación. La naturaleza a veces inspira eso, a través de los daños ocasionados por las tormentas, y eso también está bien”, reflexionaba King. Freedom Cove funciona, así, como una instalación artística viva, que se redefine tras cada invierno y cada tormenta.
Tras el fallecimiento de Wayne Adams en 2023, Catherine King asumió en solitario las tareas de mantenimiento, desde operar generadores hasta gestionar sistemas de propano y realizar reparaciones constantes. Lo hizo con el apoyo de familiares y amigos, decidida a permanecer en la isla.
“No puedo imaginarme viviendo de ninguna otra manera. Aquí vivo al ritmo de la luna y las mareas, no de las grandes corporaciones y los negocios: eso, para mí, es esencial”, afirma. Freedom Cove sigue flotando como símbolo de una vida posible al margen del modelo convencional, en equilibrio con el entorno y guiada por la autosuficiencia.









