Foto: @mdkro

Unas pequeñas plataformas de totora destacan entre el intenso azul de la parte peruana del lago Titicaca. Son las islas flotantes artificiales de los uros, un pueblo ancestral que habita en pequeñas comunidades en medio del lago navegable más alto del mundo. 

Los islotes amarillentos en los que estos habitantes levantan sus casas están construidos con un tipo de junco llamado totora que crece en el agua. Los uros recolectan sus raíces cuando salen a flote, en la época de lluvia, cortan grandes bloques y los van uniendo hasta que forman una isla flotante que puede perdurar hasta 23 años.

Sus islas flotantes, a 10 kilómetros del noroeste del departamento de Puno, están conformadas por 4 grupos, Urus Puno, Islas flotantes Kapi, Urus Titino y Uros Chulluni. Esta última se encuentra a orillas del lago y es la más grande. Son aproximadamente 80 islas en el lado peruano del Lago Titicaca que han recurrido al turismo rural y vivencial para su soporte económico. 

Los pobladores de Los Uros consumen especies de peces como karachi, ispi y pejerrey, así como las truchas que  son criadas en sus propias jaulas, justo en el medio de las islas donde han instalado criaderos. Además, cazan aves silvestres como el pato y la choca para su consumo, sin embargo, también realizan trueques con comerciantes de los distritos de Ácora, Puno e Ilave a cambio de papa, haba, quinua, arroz, azúcar y paquetes de fideos. 

Con la venta de balsas de totora, aretes, mantas, collares y demás artesanías, los adultos compran los útiles escolares para sus hijos, quienes estudian en colegios del sector de Churuni. Las islas cuentan con dos centros educativos de nivel primaria y secundaria.

Aunque el modo de vida sigue siendo tradicional, junto a algunas de las casas pueden verse pequeños paneles solares que les proporcionan unas tres horas de electricidad por las noches. Para evitar incendios cocinan al aire libre sobre totora húmeda, aunque también cuentan con unos hornillos de gas que utilizan en el interior de las cabañas cuando llueve. 

Los miembros más pequeños de las familias juegan entre las faldas de sus madres mientras tejen o atienden a los turistas. También van al colegio, que está a una media hora de distancia en barca. La primera escuela que hubo en las islas era adventista, fundada por estadounidenses, pero ahora cuentan con varios centros más de educación primaria.

Los hombres y mujeres de las islas flotantes salen sonrientes a recibir al visitante con su tradicional «kamisaraki» (¿qué tal?) y le despiden desde su universo de totora mientras este se aleja de vuelta a Puno o se adentra en el lago.







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