El torneo es uno de los más polémicos de la historia, tanto por los casos de corrupción en el seno de la FIFA en la elección de la sede como por las condiciones laborales de los trabajadores durante la construcción de los estadios y las infraestructuras, la igualdad entre hombres y mujeres o la censura a la comunidad LGTBI.

Conservador y multicultural, Catar es un pequeño país de contrastes con menos de tres millones de personas, de los que un 80% son extranjeros y que, en apenas unas semanas, acogerá el Mundial de fútbol. Es una gran baza para abrirse al mundo y demostrar su sorprendente evolución social, cultural y económica.

El torneo es uno de los más polémicos de la historia, tanto por los casos de corrupción en el seno de la FIFA en la elección de la sede como por las condiciones laborales de los trabajadores durante la construcción de los estadios y las infraestructuras, la igualdad entre hombres y mujeres o la censura a la comunidad LGTBI.

Se trata de un país con normas culturales y religiosas identitarias. En general, se recomienda vestir cubriendo los hombros y que los pantalones lleguen por debajo de las rodillas, está restringido el consumo del alcohol, no son bien vistas las muestras de afecto entre parejas y es mejor no quedarse mirando a la gente o fotografiarla sin permiso. Escupir en la calle o tirar basura al suelo está sancionado y hay tolerancia cero con las drogas.

Catar, el país más pequeño que ha sido anfitrión de un Mundial, ha destinado más de 220.000 millones de dólares a los preparativos del evento, en la construcción de kilómetros de autopistas, un sistema de metro, un nuevo aeropuerto, estadios y rascacielos. Sin embargo, esa apuesta ha generado controversia y críticas en gran medida. 

Asimismo, muchos aficionados, equipos y espectadores internacionales se mantienen escépticos respecto a qué tan bien se desempeñará esa infraestructura recién creada durante el torneo. Un estimado de 1,5 millones de visitantes internacionales —alrededor del equivalente a la mitad de la población de Catar— llegarán al país durante el torneo de un mes, el cual habitualmente es organizado en varias ciudades y de gran tamaño, según un informe del New York Times. 

El nuevo aeropuerto internacional de la ciudad no podrá manejar las multitudes por su cuenta, así que su predecesor está funcionando de nuevo. Tan solo por el tamaño del torneo es evidente que habrá desafíos logísticos inesperados. Sin embargo, algunos cuestionan si Catar está preparado incluso para lo inevitable: la organización del Mundial espera que el torneo atraiga a unos 2 millones de visitantes, con lo que aceleraron su planificación de renovación de infraestructuras para que estuviera preparado para el torneo con una inversión cercana a los 200.000 millones de dólares.

Funcionarios cataríes y directivos de la FIFA, el órgano rector del fútbol mundial, han calificado estos temas como problemas comunes y han asegurado que, a pesar de las grúas, los andamios y el ruido de la maquinaria de construcción todavía esparcida por la ciudad, la infraestructura principal necesaria para el torneo ya está completa. Sin embargo, incluso ellos admiten que con los contratiempos y retrasos causados por la pandemia, el país no ha podido probar por completo cuán preparado está.

Los grupos de derechos humanos también han expresado su preocupación sobre cómo la policía de Catar manejará las violaciones por parte de extranjeros de las leyes locales en un país que ha criminalizado la homosexualidad y las relaciones sexuales fuera del matrimonio, y donde las víctimas de agresión sexual pueden enfrentar cargos si denuncian un incidente.

Extraoficialmente, las autoridades de Catar dicen que el país ha comenzado a capacitar a los agentes de policía para responder a los casos de agresión sexual, cuyo riesgo aumenta en cualquier evento deportivo importante, y que la policía no interferirá con los activistas LGBTQ que ondeen banderas del arco iris o que organicen pequeñas protestas, a menos que alguna persona esté en riesgo de sufrir daño físico.







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