América Latina y el Caribe (LAC) enfrenta una profunda paradoja educativa. La región atraviesa una crisis de “pobreza de aprendizaje”: el 79% de los niños de sexto grado no logra comprender textos básicos, según el más reciente informe de McKinsey & Company «Tech and philanthropy: fueling learning in Latin America and the Caribbean». Sin embargo, pese a este contexto, la inversión en tecnología educativa (EdTech) dirigida al segmento escolar; es decir, a soluciones para educación básica primaria y secundaria (K-12), sigue estando drásticamente desatendida: solo el 10% de los fondos para EdTech en la región se destina a este nivel educativo, en contraste con el promedio global del 59%.
Esta desconexión resulta crítica, considerando que el mercado potencial no aprovechado en este segmento podría alcanzar los US$ 1,500 millones anuales hacia 2030. En esa línea, el informe señala que cerrar esta brecha requeriría una inversión filantrópica catalizadora de entre US$ 120 y US$ 150 millones, orientada a corregir las fallas estructurales del mercado y a desbloquear el potencial de la tecnología para transformar la educación básica.
El círculo vicioso del mercado K-12
El estudio identifica una serie de barreras estructurales que perpetúan la falta de inversión en el segmento escolar:
- Preferencia de los inversores: en LAC, el 65% de la financiación de EdTech se destina a la capacitación de la fuerza laboral (workforce) y el aprendizaje continuo (lifelong learning), reduciendo significativamente los recursos disponibles para K-12.
- Dependencia del sector público: cerca del 80% de los estudiantes asiste a escuelas públicas, donde los procesos de contratación son lentos y complejos. Esto dificulta la adopción de nuevas soluciones y desincentiva tanto a startups como a inversores.
- Falta de métricas estandarizadas: la ausencia de indicadores claros sobre qué constituye una educación de calidad y cómo medir su impacto limita la capacidad de las soluciones para demostrar resultados concretos.
En conjunto, estas barreras se refuerzan mutuamente: la baja inversión restringe la innovación y el desarrollo de evidencia de impacto; a su vez, la falta de resultados medibles incrementa la percepción de riesgo, lo que desalienta nuevas inversiones y perpetúa el rezago del sector.
El rol catalizador de la filantropía
El informe propone que la filantropía actúe como una fuerza impulsora para romper este ciclo, a través de una inversión única de entre US$ 120 y US$ 150 millones. Este capital catalizador se destinaría a seis áreas clave para fortalecer el ecosistema:
- Educar a los compradores: financiar programas para que directores de escuela y funcionarios públicos tomen decisiones informadas sobre qué tecnologías adquirir.
- Reducir el riesgo de la contratación pública: crear mecanismos que faciliten a las EdTech su ingreso al mercado gubernamental.
- Apoyar a nuevos competidores: otorgar capital semilla y asistencia técnica a startups prometedoras.
- Proveer capital paciente: ofrecer financiación a largo plazo para que las empresas validen sus modelos de negocio sin la presión de retornos inmediatos.
- Crear un organismo de estándares de calidad: fundar una entidad independiente que certifique la eficacia de las soluciones EdTech.
- Apoyar entidades públicas de innovación: fomentar la creación de centros de innovación educativa dentro de los gobiernos.
El informe concluye que estas acciones coordinadas, impulsadas por la filantropía estratégica, son fundamentales para construir un mercado de tecnología educativa más dinámico y equitativo, capaz de transformar el futuro de millones de estudiantes en el Perú y en toda la región.








