En entrevista con Stakeholders, el Ing. Jesús Salazar Nishi, presidente del Instituto de Desarrollo Industrial Sostenible (IDIS), advierte que el sector plástico peruano ya decidió transformarse, pero necesita certificación, trazabilidad y un ecosistema formal que convierta la sostenibilidad en rentabilidad y liderazgo exportador. Para el presidente del IDIS, la competitividad futura dependerá de formalizar la cadena de suministro, escalar tecnología para resinas post-consumo, entre otros factores.

Jesús Salazar Nishi: "Perú necble
Jesús Salazar Nishi, Presidente del Instituto de Desarrollo Industrial Sostenible (IDIS).

Por Stakeholders

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La encuesta del IDIS revela que el 57% de las empresas del sector plásticos tiene un alto conocimiento sobre Economía Circular y el 89% la percibe como una oportunidad de negocio. Sin embargo, persisten brechas estructurales. ¿Se trata solo de buenas intenciones o de un cambio real en la forma de producir?

Estamos ante mucho más que una declaración de buenas intenciones; estamos presenciando el nacimiento de una nueva métrica de competitividad en el Perú. Ese 89% que ve la Economía Circular como una oportunidad de negocio no está pensando en filantropía, está pensando en rentabilidad, eficiencia y permanencia en el mercado.

La Economía Circular debe ser vista no como ecología, sino como la herramienta más potente de gestión de riesgos y de innovación que tienen hoy sobre la mesa. Una vez que se toma conciencia que hay que cambiar la forma de producir, el siguiente paso es escalar las soluciones tecnológicas para que esa intención se convierta en una realidad operativa total.

Además, en el mercado de plástico, no es una moda, sino una respuesta estratégica a tres fuerzas imparables. La primera es la presión del mercado y del consumidor que ya no solo pide calidad, exige sostenibilidad. De otro lado, la circularidad significa eficiencia operativa al optimizar el uso de resinas y energía; y reducir el desperdicio, lo cual no es solo «verde», sino que directamente baja los costos de producción. Por último, tenemos el marco regulatorio que lleva a que el uso de resinas post-consumo (PCR) y la responsabilidad extendida del productor ya no sean opcionales.

El 57% de empresas con alto conocimiento sabe que adelantarse a la norma es una ventaja competitiva, no un gasto. Sin embargo, las «brechas estructurales» que menciona la encuesta —como el acceso a tecnología y financiamiento de largo plazo— son el termómetro de una industria que ya decidió cambiar, pero que necesita mejores herramientas. No estamos estancados por falta de voluntad, sino en una fase de transición técnica.
 
El principal motivo para adoptar prácticas circulares es la innovación y la competitividad, pero preocupa el bajo nivel de demanda del consumidor. ¿Qué rol juega el mercado en esta transición y cómo se puede activar una demanda más consciente y sostenible?

Esta es la gran paradoja del sector: tenemos una industria lista y dispuesta a innovar, pero un mercado que parece no reaccionar con la misma velocidad. Sin embargo, no debemos ver la baja demanda del consumidor como una barrera, sino como el espacio virgen de oportunidad más grande que tiene el plástico hoy.

Para activar esa demanda consciente y sostenible, debemos convertirnos en «creadores de mercado». Aquí es donde el rol del empresario y el gerente es vital. Primero hay que educar que lo circular no es de menor calidad. La estrategia ganadora no es vender un producto «hecho de basura», sino vender innovación material. Debemos comunicar que el polímero circular o el envase diseñado para la reutilización es un logro de ingeniería superior que protege no solo el producto, sino también el entorno del cliente.

En segundo lugar, hay que considerar que el segmento de consumidores B2B es el verdadero motor. Para un fabricante de plásticos que vende a grandes marcas de consumo masivo, su «consumidor» inmediato es esa marca que necesita cumplir sus metas ESG. Ahí la demanda no solo es alta, es urgente.
Por último, hay que implementar una trazabilidad real y tener certificaciones porque la transparencia “mata” la desconfianza. Cuando el cliente entiende el ciclo de vida de lo que tiene en la mano, la disposición a pagar por la sostenibilidad aumenta.

Si bien el 78% de las empresas cuenta con una política ambiental formal y el 57% aplica compras sostenibles, sólo el 41% tiene certificaciones ambientales. ¿Qué está frenando el paso de la intención a la formalización con estándares verificables?

Hay lo que podemos llamar la «brecha de la métrica». El hecho de que el 78% de las empresas tenga políticas formales es una excelente noticia, pues significa que la sostenibilidad ya está en el ADN de la estrategia corporativa y en la agenda del directorio. Sin embargo, el salto hacia la certificación (41%) es donde la intención choca con la realidad operativa y financiera.

Los gerentes deben entender que certificar no es solo «querer ser verde», es validar procesos ante terceros, y aquí es donde encontramos los tres frenos principales que explican esta diferencia:

  • El costo de la rigurosidad frente al retorno inmediato: Una política ambiental es un compromiso interno, pero una certificación exige inversión en auditorías, trazabilidad y, a menudo, cambios en la infraestructura de planta. Para muchas empresas, especialmente en un entorno donde el financiamiento de largo plazo es una barrera identificada en la encuesta, la certificación se percibe como un «costo de cumplimiento» en lugar de una «inversión en acceso a mercados». El reto es ver la certificación como el pasaporte para exportar y para entrar en las cadenas de suministro de las grandes corporaciones.
  • La falta de «data» y capacitación técnica: No se puede certificar lo que no se mide con precisión. La encuesta señala que la falta de conocimiento técnico es uno de los mayores desafíos. Muchas empresas tienen la voluntad, pero carecen de los sistemas de medición de huella de carbono o de protocolos de porcentaje de resina post-consumo (PCR) que exigen los estándares internacionales. Estamos en una etapa donde necesitamos pasar del entusiasmo a la ingeniería de procesos.
  • La informalidad en la cadena de suministro: En el sector plásticos, la circularidad depende de la materia prima reciclada. Si el ecosistema de recolectores y transformadores no es formal o no puede garantizar la trazabilidad del material, la industria transformadora no puede obtener certificaciones de producto. No es que la empresa no quiera certificarse, es que su cadena de valor aún no le permite «heredar» esa certificación.

¿Cuál es la oportunidad estratégica aquí? Para un gerente, esta brecha entre política y certificación es un espacio de diferenciación. En un mercado que pronto estará saturado de «promesas verdes», las empresas que den el paso hacia estándares verificables serán las únicas que podrán sostener sus precios, mitigar riesgos regulatorios y ganar licitaciones con las marcas globales.

El 45% de las empresas recicla más del 50% de sus residuos, una cifra superior al promedio nacional. ¿Qué lecciones puede ofrecer el sector industrial al resto de la economía en materia de valorización de residuos?

Este dato es una prueba contundente de que el sector industrial plástico no está esperando que las soluciones caigan del cielo; las está construyendo desde la eficiencia operativa. Que casi la mitad de las empresas ya valorice más del 50% de sus residuos, superando con creces el promedio nacional, no es una casualidad técnica, es una victoria de gestión que ofrece tres lecciones maestras para el resto de la economía peruana:

  • El residuo no es un «desperdicio», es un activo mal ubicado: La primera lección es el cambio de mentalidad. Mientras otros sectores ven la basura como un costo logístico y un problema municipal, la industria del plástico la ve como materia prima secundaria. Al valorizar más del 50% de sus residuos, las empresas están recuperando valor financiero que de otro modo terminaría en un relleno sanitario.
  • La segregación en la fuente es una decisión de rentabilidad: Si el sector industrial logra estas cifras es porque ha entendido que el valor de un material depende de su pureza. La disciplina de clasificar residuos dentro de la planta para evitar la contaminación cruzada es lo que permite que el reciclaje sea técnica y económicamente viable.
  • El diseño determina el destino (Ecodiseño): El sector plástico está aprendiendo que es más barato reciclar un producto que fue diseñado para ser reciclado. Esta es una lección poderosa para cualquier industria: si piensas en el fin de vida de tu producto desde que lo dibujas en el plano, reduces tus riesgos regulatorios y aseguras tu permanencia en el mercado.
  • La creación de ecosistemas de simbiosis industrial: Ese porcentaje superior al promedio nacional se logra porque las empresas han empezado a conectar. Lo que es un residuo para una planta de inyección puede ser el insumo crítico para un fabricante de mangueras o mobiliario urbano. La lección aquí es la colaboración: la circularidad no se logra solo, se logra integrando cadenas de valor.
  • Al final del día, la valorización de residuos es el indicador más realista de qué tan eficiente es tu operación. Si el sector plástico ya está marcando la pauta, el resto de la economía tiene ante sí un caso de éxito local que demuestra que la sostenibilidad es, ante todo, un ejercicio de excelente administración de recursos.

Solo el 10% trabaja regularmente con proveedores de materiales reciclados, lo que evidencia la debilidad del mercado secundario formal. ¿Qué condiciones se requieren para consolidar una cadena de valor circular sólida en el país?

Ese 10% es, quizás, el dato más revelador y el «cuello de botella» más crítico que debemos resolver. Lo que nos dice esta cifra no es que falte voluntad de compra, sino que existe un quiebre de confianza y de suministro en el mercado secundario. Para un gerente, comprar materia prima no es solo un tema de precio, es un tema de garantía de suministro y estandarización de calidad.

Para consolidar una cadena de valor circular que sea sólida y no dependa de esfuerzos aislados, necesitamos activar tres condiciones habilitadoras:

  • Trazabilidad y Formalización del «primer eslabón»
  • Homologación de estándares de calidad (PCR de grado industrial)
  • Incentivos que nivelen la cancha
  • Simbiosis industrial y logística inversa

Más de la mitad de las empresas asocia el impacto de la Economía Circular con eficiencia y reducción de costos, pero apenas un 9% identifica un impacto positivo en los clientes. ¿Cómo se puede conectar la sostenibilidad con la propuesta de valor hacia el consumidor final?

Que el 50% vea eficiencia y solo el 9% vea valor en el cliente, nos dice que la industria está usando la Economía Circular como un analgésico para los costos, cuando debería usarla como una vitamina para las ventas. El cliente no nos va a comprar porque nosotros ahorremos energía o resina; nos va a comprar porque nuestro producto le resuelve un problema a él o a su propia imagen de marca.
Para conectar con el consumidor debemos cambiar la narrativa de “reciclado” que es percibido como menor calidad hacia ingeniería de materiales. Es decir, debemos resaltar que no vendemos un envase hecho de residuos; vendemos un producto de baja huella de carbono que protege el futuro del consumidor.

Reitero un punto dicho antes: hay que aprovechar la tracción del segmento B2B, pues las multinacionales necesitan que sus proveedores sean circulares para que ellos puedan cumplir sus propios compromisos globales. La propuesta de valor hacia ellos es: «Soy el socio que te ayuda a evitar multas, a cumplir tus metas ESG y a mantener tu licencia social para operar». Ese valor es mucho más alto que el precio por kilo de plástico.

Igualmente debemos ser más transparente. Ese 9% de impacto positivo subirá cuando usemos herramientas de trazabilidad y etiquetado inteligente. Un código QR en el envase que le diga al consumidor: «Este empaque evitó que 50 gramos de plástico llegaran al océano y se fabricó en una planta con energía solar», transforma una transacción fría en una experiencia de consumo consciente.
Y como último elemento hacia el consumidor es que debemos considerar al diseño como un diferenciador de experiencia La sostenibilidad nos obliga a re-diseñar. Un envase que es más fácil de abrir, que ocupa menos espacio o que es recargable (el modelo refill) mejora la experiencia del usuario. Aquí la economía circular se encuentra con el diseño industrial para crear productos que no solo son «buenos para el planeta», sino que son objetivamente mejores para el usuario.

El mercado peruano está despertando. Las empresas que logren que su cliente se sienta «héroe» y no solo «comprador», serán las que capturen el valor real de la economía circular. No estamos optimizando una planta; estamos construyendo la marca que el consumidor del 2030 ya está buscando hoy.

El 68% percibe negativamente el apoyo del Estado para implementar modelos circulares. Desde su perspectiva, ¿cuáles son las principales fallas en la política pública actual?

Ese 68% de desaprobación es el reflejo de un divorcio entre la velocidad de la industria y el ritmo de la burocracia. Para un empresario, el tiempo es dinero, y hoy el Estado peruano está funcionando más como un fiscalizador que como un socio estratégico en la transición circular.

Desde mi perspectiva, las fallas estructurales que explican esta desconexión se resumen en tres puntos críticos. El primero es que la política pública actual se ha centrado en prohibir o tasar (como el impuesto a las bolsas plásticas), pero ha olvidado la otra cara de la moneda: el incentivo. No tenemos una «cancha nivelada». Producir con resina virgen hoy es administrativamente más sencillo que producir con resina reciclada de alta calidad. Necesitamos un Estado que premie la circularidad, ya sea a través de depreciación acelerada para maquinaria de reciclaje, beneficios tributarios por el uso de materiales post-consumo (PCR) o compras públicas verdes que prioricen a las empresas circulares.

En el caso del plástico de grado alimentario, hay un limbo regulatorio que afecta al sector. Muchas empresas peruanas ya tienen la tecnología para producir envases circulares para alimentos, pero se encuentran con un muro de lentitud en la estandarización y los registros sanitarios. Sin una normativa técnica ágil que valide el uso de PCR para contacto con alimentos, se bloquea la inversión en las líneas de producción de mayor valor agregado. La política pública debe ser un habilitador de la innovación, no un freno por falta de conocimiento técnico.

Otro problema es que la gran falla de la política pública es creer que la Economía Circular empieza en la fábrica. La realidad es que empieza en el tacho de basura del ciudadano. Mientras el sistema de recolección municipal siga siendo ineficiente e informal, la industria plástica no tendrá el volumen ni la calidad de materia prima que necesita para dejar de importar resina. El Estado debe profesionalizar la gestión de residuos a nivel local para que la industria pueda «alimentarse» de lo que hoy se pierde en los rellenos sanitarios.

Por último, la encuesta es clara: el financiamiento es una barrera mayor. Los modelos circulares requieren importantes inversiones de capital (CAPEX) en tecnología que no siempre encajan en los créditos comerciales tradicionales. Falta una banca de segundo piso (como COFIDE) con líneas de crédito específicamente diseñadas para la sostenibilidad, que entiendan que el retorno de estas inversiones no es solo financiero, sino de resiliencia país.

Los empresarios debemos exigir un marco regulatorio moderno que deje de ver al plástico como un residuo peligroso y empiece a verlo como un activo estratégico nacional. Necesitamos que el Estado deje de ser un espectador y se convierta en el catalizador que la industria demanda.
 
En un contexto global que exige trazabilidad, reducción de emisiones y mayor responsabilidad extendida del productor, ¿Está el sector plástico peruano preparado para competir en mercados internacionales más exigentes?

Tenemos el ímpetu y el conocimiento, pero nos falta el «blindaje» técnico para escalar. Para competir en mercados como la Unión Europea o los Estados Unidos, ya no basta con entregar un producto de alta calidad; hoy exportamos nuestra huella ambiental y nuestra ética de suministro.

Finalmente, ¿cuál debería ser la hoja de ruta del sector industrial peruano en los próximos cinco años si realmente queremos hablar de desarrollo industrial sostenible y no solo de adaptación normativa?

Para hablar de un verdadero desarrollo industrial sostenible y dejar de «correr tras la norma», el sector plástico peruano debe pasar de una actitud defensiva a una de liderazgo proactivo. No se trata de cumplir para que no nos multen, sino de transformar la estructura de costos y la propuesta de valor para dominar el mercado regional.

Esta es la hoja de ruta estratégica para los próximos cinco años, diseñada para convertir la sostenibilidad en el motor de nuestra competitividad:

  • Año 1 y 2: El blindaje y la profesionalización de la base
  • El objetivo inmediato es cerrar la brecha entre la «buena intención» y la «validación técnica».
  • De la política a la certificación masiva: El 78% ya tiene políticas; el reto es que ese porcentaje se convierta en certificaciones (ISO 14001, Huella de Carbono, Global Recycled Standard). Este es el «pasaporte» para exportar y para ser proveedores preferentes de las multinacionales.
  • Integración de la Cadena de Suministro: Solo el 10% trabaja con proveedores de material reciclado formales. La prioridad debe ser crear programas de desarrollo de proveedores para formalizar y tecnificar el acopio. Si no aseguramos la materia prima secundaria hoy, perderemos soberanía industrial mañana.
  • Capacitación Técnica Especializada: Atacar la barrera del «no saber cómo». Necesitamos programas de re-entrenamiento en ingeniería de polímeros circulares para que nuestros equipos de planta sepan optimizar el uso de resinas post-consumo (PCR) sin sacrificar la calidad.
  • Año 3 y 4: El salto tecnológico y la simbiosis industrial
  • Una vez que la base está formalizada, el foco pasa a la inversión inteligente en activos que generen rentabilidad de largo plazo.
  • Inversión en tecnologías de descontaminación: Para competir en el segmento de mayor valor (empaques para alimentos y cosmética), la industria debe invertir en plantas de lavado y extrusión de grado alimenticio. El objetivo es que el Perú produzca su propio PCR de alta pureza, reduciendo la dependencia de importaciones.
  • Activación de las Zonas Económicas Especiales (ZEE) como hubs circulares: Transformar los parques industriales tradicionales en ecoparques industriales. Implementar modelos de simbiosis donde el calor, la energía o los residuos de una planta alimenten a la siguiente. Las ZEE deben ser el laboratorio de la eficiencia sistémica del país.
  • Eco-diseño como estándar de producto: Dejar de fabricar productos «reciclables» para fabricar productos «diseñados para el ciclo». Esto reduce costos de producción y facilita la logística inversa, creando una ventaja competitiva difícil de copiar por importaciones baratas.
  • Año 5: Liderazgo y Exportación de Valor Sostenible
  • Para el quinto año, la sostenibilidad ya no es un departamento en la empresa, es el modelo de negocio consolidado.
  • Posicionamiento como hub regional de plásticos circulares: Con una cadena de suministro trazable y certificada, el Perú puede liderar la exportación de soluciones de empaque sostenible en la región Andina y el Pacífico, aprovechando infraestructuras como el Puerto de Chancay.
  • Consolidación del mercado secundario: Lograr que el uso de materiales reciclados sea la norma y no la excepción, con un mercado secundario fluido, formal y con precios estables que den predictibilidad al negocio.
  • Propuesta de valor al consumidor: Pasar del impacto positivo en la eficiencia (que ya reconoce el 50% de las empresas) al impacto positivo en la percepción del cliente. El «Hecho en Perú» debe ser sinónimo de «Liderazgo Circular».

Esta hoja de ruta no busca que seamos «más verdes», sino que seamos más rentables y resilientes. El desarrollo industrial sostenible es la única vía para desacoplar nuestro crecimiento del costo volátil de las materias primas vírgenes y de los riesgos regulatorios.
En cinco años, habrá dos tipos de empresas plásticas en el Perú: las que lideraron esta hoja de ruta y hoy dictan las reglas del mercado, y las que se limitaron a adaptarse a la norma y hoy luchan por sobrevivir. La decisión estratégica se toma hoy.







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