Una infección bacteriana cambió de forma radical la vida de Carme. La necrosis avanzó sobre la parte central de su rostro hasta dejarla sin funcionalidad básica. Comer, respirar y hablar se volvieron tareas casi imposibles.
Durante años, el aislamiento domiciliario marcó su rutina diaria, hasta que hace cuatro meses se convirtió en paciente del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona para someterse a un trasplante facial que hoy ya es considerado histórico.
¿Cómo se realizó el primer transplante de cara del mundo en España?
La intervención fue la primera en el mundo realizada con una donante que había recibido la eutanasia. La mujer no solo autorizó la donación de órganos y tejidos, sino que expresó de manera explícita su deseo de donar también su rostro, un gesto que el equipo médico calificó como de extraordinaria generosidad. Esa decisión permitió abrir una nueva etapa en la cirugía reconstructiva y en el debate ético sobre la donación.
Según explicaron los especialistas de Vall d’Hebron, Carme necesitaba un trasplante de la parte central del rostro, dañada de forma irreversible por la infección. La operación requirió la participación de cerca de un centenar de profesionales de distintas áreas, entre cirujanos plásticos, maxilofaciales, anestesistas, intensivistas, enfermería y expertos en microcirugía.
Durante el procedimiento se trasplantaron piel, músculos, nervios y estructuras óseas mediante técnicas de alta complejidad que demandan una coordinación milimétrica.
Más allá del desafío quirúrgico, el proceso incluyó una evaluación psicológica exhaustiva. Los especialistas subrayan que la cara está íntimamente ligada a la identidad personal, por lo que se analizan aspectos como la capacidad de adaptación del paciente, el apoyo del entorno familiar y la adherencia al tratamiento inmunosupresor.
En este caso, el hecho de que la donación procediera de una persona que había solicitado la eutanasia permitió una planificación personalizada en tres dimensiones, lo que optimizó tiempos y resultados.
Cuatro meses después de la intervención, Carme asegura que ha recuperado una vida normal. Puede volver a hablar, comer y salir a la calle sin miedo, y destaca una mejora notable en su calidad de vida. Aunque los trasplantes faciales siguen generando debate por la necesidad de inmunosupresión de por vida y por las incógnitas sobre sus efectos a largo plazo, el equipo médico considera este caso un éxito clínico y humano.
La experiencia de Vall d’Hebron marca un precedente en la medicina moderna y reabre la discusión sobre los límites de la donación y la cirugía reconstructiva.
En palabras del equipo, se trata de un avance que combina ciencia, planificación y una decisión personal que permitió devolver funcionalidad y dignidad a una paciente cuya vida había quedado en pausa durante años.









