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La luz sobre los problemas no los soluciona Por Hans Rothgiesser

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Hans Rothgiesser
Director adjunto de la Revista Stakeholders


En el año 2009 era comisionado local scout.  Es decir, democráticamente los grupos scouts de mi distrito me habían elegido para que los represente, una labor que no era fácil en una organización que hasta hoy en día están muy desunida.  En ese contexto tuve que organizar un congreso entre jóvenes para que dialogaran sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). En esa ocasión un joven mencionó que no le convencía esta iniciativa.  Comentó que empezaba buscando eliminar la pobreza extrema, pero por el otro lado buscaba también mejorar el acceso a la educación. ¿Es que un objetivo no está incluido en el otro?

De hecho, aquí en el Perú hemos discutido por décadas cómo debemos medir la pobreza.  Cada vez que se reportan reducciones en el porcentaje de la población que es pobre, se salta a criticar el método de identificar quién es pobre y quién no, un cuestionamiento que curiosamente no surge con tanta fuerza cuando la pobreza aumenta.  Por lo menos tenemos claro que discriminar estadísticamente quién es pobre es bastante complicado.

Pues bien, como objetivos abiertos suenan interesantes.  El problema es cuando el medio se convierte en el fin.  Es decir, está bien que las Naciones Unidas llamen la atención sobre la urgencia de atender estos temas.  No obstante, cuando se fija una meta concreta para cada uno de estos temas, se corre el riesgo de generar los incentivos incorrectos.

Hagamos una comparación.  Cuando se popularizó el uso del informe Doing Business del Banco Mundial sobre los aspectos que le quitan competitividad las economías, algunos países pensaron que sería buena idea enfocarse en los indicadores que se usaban para medir esa competitividad.  Así, por ejemplo, para evaluar si el sector construcción en general de un país muy burocrático se usaba el número de trámites que una empresa tiene que realizar para construir un almacén, entre otros indicadores específicos.  En el Perú en cierto momento un ministro de economía pretendió reducir estas cifras concentrándose en ellas.  Sin embargo, eso no reducía la burocracia en general en la que operaba la construcción en el país.  Solo reducía esos indicadores en particular. Los problemas de fondo que todo contratista enumeraría y que persisten.  Por ejemplo, las mafias que cobran cupo por construir en ciertas partes de las ciudades.

A pesar de esto, en el informe del 2019 estamos en el puesto 54 del ranking de “tratando con permisos de construcción” de 190 economías.  O sea, estamos casi en el cuarto superior.  Cualquiera que solo viera este informe creería que una constructora en el Perú está genial y que opera en un ambiente muy competitivo, cuando ése no es el caso.

Y es que el problema de las mafias que cobran cupos y que amenazan con secuestrar a los dueños de las empresas y que incluso se pelean con otras mafias por el derecho de extorsionar al privado, a vista y paciencia de la policía que mucho no hace al respecto, es un contexto bastante particular para el Perú.  Un informe como el Doing Business no recoge ese detalle y no tiene por qué hacerlo.  No es su función.

Con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS, no confundir con los ODM) pasa algo parecido. Al enfocarnos en cumplir los objetivos podemos correr el riesgo de estar perdiendo de vista el problema entero.  Por ejemplo, al enfocarnos en promover igualdad de género (Objetivo 5, que es un objetivo bastante importante y noble), porque ni más ni menos que las Naciones Unidas nos lo pide, podemos estar olvidándonos de otras desigualdades en oportunidades para otros grupos desfavorecidos.

En ese sentido, los ODS pueden haber sido útiles para echar luz sobre los problemas, pero no pareciera que son una herramienta muy efectiva para hacerles frente.  Tengamos eso en cuenta.

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