Por Stakeholders

Lectura de:

Janice Seinfeld
Directora ejecutiva de Videnza Consultores

El Perú es un país con un sistema de salud frágil y fragmentada. Garantizar servicios de salud equitativos a los peruanos pasa, en primer lugar, por poner al ciudadano al centro, alineando los esfuerzos de todos los actores del sistema nacional de salud.

Esto implica empezar por que el plan de beneficios que se ofrece sea el mismo. Hoy, EsSalud tiene un plan de beneficios prácticamente ilimitado -es decir, todo está cubierto con pocas excepciones-, mientras que los asegurados al Seguro Integral de Salud (SIS) y a las sanidades de la Policía Nacional del Perú y las Fuerzas Armadas tienen planes más acotados.

Aplicar un mismo plan de beneficios para todos implica, forzosamente, aumentar el financiamiento. Lo que se gasta por asegurado en EsSalud es bastante más de lo que se gasta en el SIS.

En Videnza Consultores hemos hecho estimaciones que, aunque gruesas, nos indican que el gasto anual de EsSalud por asegurado es de 1,200 soles, mientras que lo destinado en el subsector público es de 670 soles por asegurado.

La Organización Mundial de la Salud recomienda que, para poder ofrecer servicios de salud de calidad, un país debe dirigir por lo menos el 6% de su PBI al financiamiento público de la salud. El Perú está muy por debajo de este porcentaje (3.5%) y por debajo, también, de sus pares regionales.

A la par con el aumento progresivo y sostenido del financiamiento debe ir la mejora en la eficiencia del gasto. Eso es indudable. Urge simplificar el flujo de financiamiento entre aseguradores y prestadores para que todos los recursos que existen -públicos, EsSalud y privados- se usen con reglas claras y sencillas (pero efectivas) de ejecución y rendición de cuentas.

Luego viene el reto de mejorar la gestión prestacional para que los peruanos podamos contar con servicios oportunos y de calidad. En este punto, las redes integradas de salud son claves. Implican que varias instituciones prestadoras de servicios de salud actúen articuladamente para que un paciente, a través de referencias y contrarreferencias de ser el caso, pueda acceder a las atenciones que brinda su plan de beneficios. Para ello es fundamental romper barreras de papel, usar tecnologías de la información y expandir la salud digital.

La telesalud ofrece acceso a personas vulnerables y en riesgo. En el Perú, normativamente hemos avanzado mucho en este punto, pero falta hacerlo aún más en implementación y operación.

Y acá nos juega en contra la pobre conectividad: 54% de los establecimientos de salud en áreas rurales no tienen conexión a Internet. Esto limita la posibilidad de vincularse a la red nacional y hacer telemedicina, imprescindible en estas épocas.

La tecnología permite contar con información oportuna para la toma de decisiones. Solo con avanzar con la historia clínica electrónica y con sistemas que permitan que la información del paciente esté en línea, los médicos podrán tomar decisiones más rápidas y operar en red. Esto evitará, además, la duplicación de exámenes, que hoy ocurren porque la información del paciente no está integrada en una sola base de datos.

Finalmente, dentro de las redes integradas de salud es prioritario fortalecer el primer nivel de atención. Es ahí donde se debería resolver hasta el 85% de la demanda de servicios de salud. Pero, en el Perú este nivel de atención es muy débil.

Aunque no está limitado en extensión, porque hay muchos establecimientos, el problema está en su limitada capacidad resolutiva. Alrededor de la mitad de ellos son de categorías 1-1 y -1-2; es decir, tienen poco personal y prácticamente nulo soporte de servicios intermedios para el apoyo al diagnóstico

El segundo nivel de atención debe, también, ser fortalecido, porque es el anillo de contención a la oferta de mayor complejidad, escasa y centralizada en muy pocas ciudades.

Cuando funciona eficientemente, evita que las personas lleguen hasta un instituto especializado o, peor, acudan al hospital cuando su salud ya está complicada y el pronóstico es pesimista. Emprender este camino requiere de un liderazgo fuerte para darle continuidad a los cambios.

En resumen, necesitamos que nuestro sistema de salud deje de dedicarse al desarrollo lento de infraestructura y pase a ser uno centrado en el bienestar del ciudadano.







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