El voluntariado es una avenida de dos vías

Por: Hans Rothgiesser
Director Adjunto de la Revista Stakeholders

 

Yo comencé a ser voluntario hace mucho tiempo, cuando aún no se hablaba de responsabilidad social empresarial.  Al inicio, lo hacía para sentirme parte de algo más grande que yo, por la necesidad que tienen algunos de querer apoyar a otros. Luego, poco a poco fue poniéndose de moda y aparecieron algunas organizaciones que coordinaban operaciones de voluntariado para empresas y algunos amigos vivieron de eso. Supongo que tenía sentido, en la medida en la que permitían a las empresas brindarles a sus colaboradores la opción de tener un impacto social mucho mayor gracias a la intervención de estos profesionales del voluntariado.

Esto no quitó, por supuesto, que siguiera habiendo iniciativas de voluntariado, completamente inocentes y espontáneas, distanciadas de las reglas y patrones que poco a poco comenzaron a surgir para los proyectos de responsabilidad social más sofisticados.  Y es que los peruanos tendemos a querer ayudar.  Basta mirar la reacción de la población a las fuertes lluvias de inicios del 2017.  Hubo muchos desplazados y personas que necesitaban apoyo.  La población y las empresas respondieron a la altura del reto: Enviaron toda clase de ayuda.  Desde comida y agua hasta ropa y mantas.  E incluso pusieron de su tiempo para ir a ayudar.

Esto muestra un compromiso loable que no es reciente. Recuerdo que cuando se hizo público el Informe Bratton, el documento que se encargó en la década de los noventa para identificar lo que debían hacer las autoridades para hacerle frente a la delincuencia, se reconocía que nosotros teníamos una serie de organizaciones de base y un espíritu de colaboración que era bastante particular. Y que las soluciones a problemas tan complejos como la inseguridad ciudadana podían utilizar este fenómeno. Pues bien.  Esto en buena parte ha sucedido.  No tanto con el tema de la inseguridad, pero sí con otros muchos.  Varias organizaciones civiles que hoy en día trabajan los problemas que más aquejan a los peruanos nacieron como voluntariados.  Un caso concreto que podríamos citar es Un Techo para mi País en Chile.

De hecho, hay voluntariado de todo tipo y para todos los gustos.  En el Perú hay varios puntos de encuentro que sirven para que personas que quieran salir a hacer ayudar se encuentren con proyectos que necesitan de voluntarios.  Uno de ellos es, por ejemplo, el programa de voluntarios de las Naciones Unidas.  Ahí uno puede buscar el tipo de iniciativa que podría interesarle más.

En alguna ocasión me tocó organizar una intervención de voluntariado para un grupo de personas y cuando les di las opciones, me sorprendí ante la respuesta.  Empecé preguntando si querían hacer algo con niños en estado de abandono o con ancianos, para ir tanteando el terreno.  Uno de ellos me respondió que prefería ir a pasar tiempo con ancianos. La razón fue la que me sorprendió: “Porque los ancianos cuentan las mejores historias cuando uno pasa tiempo con ellos”.

Terminamos yendo al Hogar de Cristo, en el distrito de San Miguel, en donde cuidan a personas de la tercera edad que no tienen otro lugar a donde ir.  Simplemente a pasar tiempo con ellos y a acompañarlos mientras almorzaban.  A que no se sientan abandonados.  Por nuestra parte, sacamos justamente lo que queríamos: Historias.  Muchas historias de todo tipo que nos fueron contando en el tiempo que estuvimos con ellos.

El voluntariado debería ser eso. No debería ser una operación que va en una sola dirección. Debería beneficiar al voluntario también.  Esa vez, por ejemplo, lo fue.

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