Educar para cometer errores

Por: Hans Rothgiesser
Director Adjunto Revista Stakeholders


Cuando León Trahtemberg habla de que el sistema tradicional de educación escolar está diseñado para beneficiar solamente a un tipo de alumno, lo puedo entender perfectamente, porque yo no era ese tipo. Por condiciones que alguien más seguramente podrá explicar mejor, yo nunca fui bueno para memorizar, ni para esas otras prácticas tan importantes para un colegio de corte conservador. En primaria y en secundaria nunca sobresalí, aunque recién cuando estuve en la universidad pude comenzar a comprender por qué. Muy a pesar de adultos que abiertamente me habían dicho que nunca llegaría a ninguna parte en la vida, fui descubriendo para qué sí era bueno.

Hoy en día enseño y constantemente me están recordando que ésta es una actividad que se ha vuelto mucho más sofisticada en las últimas décadas. Se entiende ahora que los estudiantes tienen distintos estilos de aprender y que no se puede adecuar la clase a solamente uno de esos estilos. Esto, por supuesto, suena bastante razonable, pero implica para el profesor mucho más trabajo de preparación. Además, implica que el docente tiene que estar mucho más abierto a las participaciones de los alumnos en plena clase, lo que puede frustrar a algunos docentes. Manejar un salón de adolescentes que no necesariamente están ahí para aprender, puede resultar muy exigente.

Entiendo, en ese sentido, que muchos profesores que viniesen enseñando desde antes se resistieran al cambio por una nueva metodología que implica más trabajo de su parte. Sobre todo, si su sueldo era relativamente bajo y el cambio no venía acompañado de un aumento. No obstante, los resultados son fundamentalmente superiores. No tanto porque el que ya se aplicaba antes se aplicará más. La ganancia viene más que todo en la mejora para los otros alumnos. Muchachos que antes no eran buenos alumnos encuentran que sí tienen un lugar en la nueva escuela. Chicos a los que antes se les insertaba el estigma de ser malos alumnos y que, por lo tanto, serían malos en otros aspectos de la vida, salen con mucho más optimismo a la vida. Con un mundo lleno de posibilidades, opuesto a un mundo adverso que le ha dicho previamente que no lo prefiere.

Un elemento que a mí me llamó mucho la atención cuando pasé de ser estudiante a ser aspirante a educador fue la tolerancia que se le daba ahora al error. El actor y cantante Will Smith tiene un video en el que insiste en que los errores, contrario a lo que muchos opinan, son grandes oportunidades de aprendizaje. Él considera que cometer errores es una parte bastante grande de ser exitoso. De hecho, él recomienda buscar fallar, porque en los errores están todas las lecciones. No sé si haya que llegar a tanto, pero sigue siendo un bonito mensaje. (Pueden buscar su video Fail early, often, forward).

No obstante, en el Perú cometer errores está pésimamente mal visto. Basta pasear por las columnas de comentarios políticos.  Si alguien cometió un error en la década de los setenta, los periodistas no se lo dejarán pasar jamás. Ni qué decir de los emprendedores.  En Estados Unidos es parte de la vida común en el sector privado el intentar poner una empresa que luego no funciona. Se declara en quiebra y ni modo, a moverse al siguiente proyecto. Aquí en el Perú, en cambio, una quiebra no es olvidada nunca jamás y sigue siendo usado en contra de los que tuvieron la iniciativa por mucho, mucho tiempo.

Parte de las ganas que tiene todo el Perú por reformar la educación pasa por nosotros mismos cambiar de actitud con respecto a muchas cosas. Una de éstas tiene que ver con nuestra tolerancia al error. No solo en nosotros mismos, sino también en los demás.  Y quizás incluso aprender de los errores de otros.  Aunque, claro, para eso tenemos que entender que fallar es parte del desarrollo personal.

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